UN PASEO ENTRE LO PÚBLICO Y LO PRIVADO: LA JUDERÍA DE CÓRDOBA
- Paco

- 3 dic 2024
- 4 Min. de lectura

Lunes y martes. Mismo recorrido, distintas caras; porque si algo tiene esta ciudad es que no se reconoce cuando se mira a sí misma.
Dos días a la semana hago el mismo recorrido de ida y vuelta que va desde la Facultad de Filosofía y Letras, en el corazón de la Judería, hasta la sede de la UNED en la Plaza de la Magdalena. En ese pequeño respiro de 20-25 minutos en el que romantizo la vida me gusta observar lo que sucede a mi paso (no sin cierta prisa). Pasado el tiempo necesario como para que el paseo se convierta en ritual, diviso comportamientos que antes pasaban desapercibidos o, al menos, no le prestaba la atención que sin duda merecen.
Son las 17:30 de un lunes en el que, por norma general, buena parte de nuestra hostelería descansa. O eso creía yo. La Judería permanece impasible a las lógicas del descanso y la conciliación. Mientras una familia francesa entra en un local, un joven camarero con cara de llevar más horas de las que refleja su contrato (por lo menos tiene uno...) se enciende un cigarro a prisa y corriendo lejos de la puerta al compás de la música navideña; otro permanece absorto en la privacidad de su móvil esperando a que la terraza se llene. Algunos envalentonados dirán que es lo normal, que es su trabajo y que para eso le pagan... Cuando el desconocimiento es mayúsculo, la soberbia y falta de empatía son terribles.
Sigo caminando. Hay momentos en los que la travesía se convierte en una carrera de obstáculos por evitar no solo a la masa de turistas, sino a las terrazas que ocupan el espacio público. Todo ello, como digo, a la mayor velocidad posible si no quieres ser atropellado por el incesante tráfico que destruye y contamina cada rincón de esta ciudad.
Subo por Blanco Belmonte y me pregunto por la función que desempeña todo ese espacio público al que todavía seguimos llamando "Judería". Entre tanto Carrefour Express y Ale-Hop no me extrañaría que llegase el día en el que le añadan una coletilla comercial al estilo del Wanda-Metropolitano. Está claro, y no descubro nada aquí, que la identidad histórica de la Judería se ha desmoronado al mismo tiempo que hacían de ella un parque temático (especial mención para ese pasaje del terror llamado Deanes). Seguramente, esa identidad arrebatada, permanezca más en el ideario colectivo romántico que en la realidad cotidiana de sus calles. Lo que antes eran viviendas de gente que se conocía desde hacía generaciones, hoy son comercios dedicados a la estafa del turista o, peor aún, la atomización y mercantilización de la vivienda a través de Airbnb. Esta deriva propia del tardocapitalismo tiene una consecuencia inmediata más allá de la terciarización de una economía estacionaria y dependiente como la cordobesa/andaluza. La turistificación ha conllevado una gentrificación a pasos agigantados en el centro de la ciudad. De manera que, buena parte de la población generacionalmente asentada en la Judería, ha sido expulsada de la mano del aumento del precio de la vivienda/alquiler. Junto a ella, el proceso gentrificador ha arrasado con el tejido asociativo que la mantenía unida.
De camino a Tendillas esquivo la obra gigantesca del nuevo Bershka que ocupa la mitad de una estrecha calle como Jesús y María que, entre contenedores y más terrazas, no es que deje excesiva fluidez al tránsito de la muchedumbre turista.
En la céntrica plaza todos vamos de un lado a otro con mayor o menor prisa. Tendillas no es que destaque por ser un espacio acogedor. En verano, el suelo de granito (material que conserva la energía calorífica como él solo) parece el teflón de una sartén y la ausencia de sombra natural asfixia cada paso que das siempre y cuando la suela no se te quede pegada. Ahora en invierno es distinto. Ese espacio público es transformado, una vez más, en el patio de recreo de lo privado. La plaza se llena de los mismos puestecillos (cada vez menos) del mercado navideño que ocupan el punto de encuentro por antonomasia de todo cordobés/a.
¿Se podría hablar de un fetichismo del espacio al estilo marxista? Francamente, creo que sí. Incisillo a lo Miguel Maldonado: entiéndase no como el deseo desenfrenado por una mercancía, pues esta concepción roza lo místico y atiende más a lógicas propias de la psicología que del marxismo, sino como la nula comprensión de las relaciones sociales inherentes al proceso productivo. En otras palabras: ir a uno de esos puestos y no ver más que la mercancía como si esta tuviera valor por sí sola y no por el trabajo y las dinámicas de explotación que hay detrás suya que, realmente, son las que configuran su coste.
Con el espacio público sucede lo mismo. Uno va paseando por la Judería y ya no se extraña de la mercantilización de su callejero. Desde el paisaje acústico que la envuelve hasta los olores de Sabor a España frente a la Mezquita todo está diseñado para guiar la vista, el oído y el olfato del viandante al consumo. Por supuesto, ni que decir tiene que plazas como Abades o la mismísima Corredera han sido resignificadas bajo unos patrones que no son humanos, sino mercantiles. Su disfrute queda sujeto a que te tomes un Nestea a tres pavos (eso si encuentras sitio). Ese fetichismo del espacio hace que nos olvidemos de la estructura económica que hay detrás de la configuración de lo cotidiano. Hemos normalizado la alienación no solo personal, sino la de una ciudad entera que no se reconoce a sí misma.
No obstante, no quisiera terminar con una visión pesimista del urbanismo cordobés. Creo que todavía quedan pequeños reductos que nos permiten mandar al caraho a toda esa deriva tardocapitalista. Aunque sea por un instante. Me refiero a esos paseos sin rumbo ni horas a las que llegar. A poder ser por los barrios de toda la vida en los que las garras del mercantilismo no han llegado aún. Esas rutas alejadas del ruido, del tráfico y de las terrazas. Momentos en los que, si uno coge el móvil, es solo para echarle una foto a la buganvilla que cuelga del balcón. No es mucho, lo sé, pero uno se agarra ya a cualquier mínima idea que suponga bajar el ritmo de la vorágine capitalista y parar. Aunque sea para ver los patos del río sin más pretensión que la contemplación.
-Paco-



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