DESIDIA TARDOCAPITALISTA
- Paco

- 22 feb 2025
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 23 feb 2025

Lunes. Suena la alarma a las 5:50.
Vives en una barriada periférica y, aunque tu jornada laboral cotice (que no empiece) 2h y media después, tú ya estás en marcha porque la distancia, el tráfico y el aparcamiento libre de zona azul te obligan a sacrificar horas de sueño.
La vorágine tardocapitalista disuelve todo lo que la compone. Seres humanos cada vez más individualizados. Fagocitados por una agenda que no da respiro alguno para todo aquello que no ofrezca rendimiento inmediato.
¿Hay alternativa? Francamente, no lo sé. Ahora mismo solo me vienen a la cabeza las palabras de Jameson:
Es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo.
Sales de casa sabedor de que el amanecer y atardecer los verás en un semáforo. Llegas y aparcas a unos 15m del trabajo. De camino no te cruzas con nadie. Con suerte das los buenos días a lxs trabajadorxs de Sadeco. Ya se conocen tu cara. Esa será la única interacción hasta la hora del desayuno.
-Muy buenas.
-Buenas.
-Un café con leche y media de jamón con tomate, por favor. Muchas gracias.
/30m después/
-¿Te cobras? Con tarjeta, por favor.
-3.70€
-Ahí va. Muchas gracias. Que tengas un buen día.
De vuelta al trabajo vas pensando en los correos que tienes que responder y las llamadas que no serán atendidas por los funcionarios. Los plazos para entregar documentación inútil se acercan, pero la Administración permanece ociosa. Sientes desidia, pero, a veces, también envidia por ese sudapollismo. Piensas que ojalá te dieran un poco más igual las cosas, pero el hecho de pensarlo acrecienta más, si cabe, tu agobio y sentimiento de culpa por ser así.
Llegas a la Facultad, comes y te tomas tu dosis de cafeína para seguir funcionando. Recuerdas aquellos días en los que "no hacías nada" y te culpabilizabas por ello. Toca la segunda jornada. La que no es remunerada, pero te absorbe el 90% del tiempo y la energía. Ese tiempo que no cotiza ni se refleja en ningún dato de la misma Administración que sigue sin responderte.
Entras a la biblioteca. Saludas a lxs trabajadorxs porque ya saben de tu rutina. No están lxs mismxs; sus horarios van rotando del turno de mañana y tarde cada semana. Tomas asiento aún con el menú de la cafetería en la garganta. Mismos sitios, mismas caras, aunque está más vacía. ¿Qué habrá sido de los que se estaban preparando para el MIR, PIR, etc.? Los echas hasta de menos. Ojalá que les haya ido bien. Algunx, con suerte, tendrá su merecida plaza y una incipiente estabilidad económica (psicológica). ¿Para cuándo la tuya?
/Abres el portátil/
¿Yo qué tenía que hacer? Ah, sí. Los correos.
Esa correspondencia epistolar del demonio te recuerda que tienes que entregar tres artículos para final de mes (que sea febrero, justamente, tampoco ayuda). En el mercado académico de las revistas científicas se presupone una originalidad que no termina de casar con la vorágine productiva que, al mismo tiempo, se exige. ¿Cómo caraho' voy a ser original y ocurrente si estamos a lunes y ya estoy pensando en la siesta del viernes por la tarde?
Con to' y con eso, unx se siente privilegiadx (de ahí la culpa cuando, simplemente, verbalizamos lo que nos duele). Casi todos los días puedo desahogarme con Eva entre pitiglio y pitiglio. Algunos días se pasa el bueno de Rubens. Agustín estuvo hace poco acompañándome en el Archivo. Dios mío cómo lo echo de menos. Las horas volaban.
Me acuerdo del resto y solo pienso en cuándo será la próxima vez en la que todxs podamos coincidir para hacer una escapada a cualquier pueblo de Córdoba. Esos momentos son mil veces más efectivos que la maldita cafeína.
/16:30/
Coño, la UNED, que no llego.
De camino te pones algo de música en el Spotify pirata por aquello de romantizar la barbarie. De repente, tienes que cambiar el chip. Ahora ya no eres un asalariado; tampoco un investigador(?). Ahora eres un alumno de 1º de Antropología que no sabe, ni sabrá, qué coño es eso de Cultura y por qué los antropólogxs se han hecho tantas pajas mentales con un término tan manoseado. Vuelves a pensar en el sudapollismo cuando recuerdas a Ana Rosa hablando del "mundo de la cultura". Cultura de qué, ¿de la especulación inmobiliaria? No sé.
/20:00/
Camino de vuelta.
De vuelta a la biblioteca porque las clases te partieron la tarde y no has hecho nada. Ahora, al agobio, se le suman las prisas porque a las 21:00 te apagan las luces.
/21:00/
Luces fuera.
La pescadilla termina mordiéndose la cola cuando el tráfico y la oscuridad te acompañan de vuelta a casa. El día termina como empezó: cansado y pensando en todo lo que queda por hacer porque, claro, no aprovechas el tiempo...
/23:30/
Terminas de preparar las cosas para mañana y utilizas esos viajes del armario a la mochila para socializar con tu familia a la que no has visto en todo el día. Ahora toca conciliar el sueño lo antes posible. Hasta para el descanso hay prisa. Con suerte, el cansancio te echa una mano. Cuando no, la ansiedad se marca un Hey, ¡olvidona! y se queda amablemente contigo hasta poco antes de que vuelva a sonar la alarma.
Estamos a lunes.
En fin, nada nuevo. Cada Cautivo de lo cotidiano carga con su Cruz, su Calvario y, con suerte, su Pasión en Silencio. A estas horas uno desvaría y parece ver a Jesús angustiado rezando en el huerto implorando clemencia a su propio Padre incapaz de comprender lo que está por venir. Sin embargo, lo acepta como el que asume que aún quedan cuatro días por delante hasta llegar al tan ansiado viernes. "No se haga mi voluntad, sino la tuya", diría Jesús o el que pone la alarma para el día siguiente antes de caer rendido en la cama.
-Paco-



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