PANFLETO ANTIINDIVIDUALISTA
- Paco

- 16 ago 2025
- 6 Min. de lectura

Imagine que de repente está en tierra, solo en una playa tropical, rodeado de todas sus pertenencias, mientras ve desaparecer la lancha que lo ha traído (Los argonautas del Pacífico Occidental, Malinowski).
Así daba comienzo Malinowski a su gran obra. Una definición magistral de lo que supone el trabajo de campo en Antropología. Incluso en esa isla perdida de la mano de Dios, el ser humano, sigue siendo eminentemente relacional. Aunque no vuelva a tener contacto con alguien de su misma especie, las prácticas culturales que lleve a cabo para sobrevivir definirán su concepción del mundo que habita. Este personaje, al que llamaremos J. Mª. Bellido (por aquello de cogerle una mihilla de cariño), no puede desprenderse de su aprendizaje cultural como si del equipaje de mano se tratase. Ese conocimiento ha sido asimilado en la práctica colectiva desde el preciso instante en el que nace en un contexto social dado. Sus hábitos, costumbres e interacciones van a estar condicionadas en este sentido. Construir un refugio para pasar la noche, el tipo de alimento que ingiera, la forma en la que se lo coma o la propia categorización de esas necesidades no son más que el reflejo de la estructura cultural que lo define como ser humano.
Supongamos que nuestro J. Mª. ha conseguido salir de la isla en un petrolero. Ya abordo, tendrá que intercambiar su fuerza de trabajo por un billete de vuelta a España. La tripulación no habla ni pisca de español, pero el idioma universal de la jerarquía e imitación harán que pronto sea uno más del engranaje productivo. En los periodos de -brevísimo- descanso se integra en un pequeño grupo de dos senegaleses y un camerunés. Este último parece especialmente debilitado después de una jornada de 20h. Jose Mari, sin mediar palabra, le ofrece su cuscurro de pan duro. Este pequeño gesto no verbal le granjeó sus primeras caras conocidas en el barco. Alguien a quien saludar por los pasillos aunque fuera con un leve arqueamiento de cejas. Ya no se sentía tan solo. Ahora se sentaba con ellos a comer todos los días. El silencio no impedía valorar la compañía. El mero hecho de compartir espacio en un momento tan preciado como los 10m para comer entre tanta orden y vorágine hacía que esa pequeña microsociedad, creada a raíz de una tetilla de pan, se afianzara con el paso de los días.
A su llegada a Córdoba piensa en ese grupo de cuatro que había conformado. Ni una sola palabra habían mediado a lo largo del mes y medio en el petrolero. No se entendían ni papa los unos con los otros, pero el sentimiento de pertenencia estaba ahí. Esa melancolía le dura poco, tiene que entrar a trabajar en la calle Capitulares. Jose Mari trata de hacer como si nada. Entró a su despacho susurrando el Decíamos ayer de Fray Luis de León. A las 8:12 llega su secretario recitándole el orden del día tras un protocolario Buenos días, señor Alcalde sin contacto visual. Ni una mísera muesca o aspaviento en su cara. Terminado el Cantar del Mío Día, procede a retirarse hasta mañana a la misma hora. Así pues, Jose Mari empieza su ronda de llamadas y reuniones hasta la hora del almuerzo.
De camino a su tan ansiado plato de torreznos cae en la cuenta de que no ha tenido ni un solo instante de complicidad con nadie a lo largo del día. Todxs acuden a él en busca de su aprobación o firma para este o aquel dichoso formulario que, como todos, debió ser entregado ayer. Los pasillos abarrotaos' de gente que no sabe quién es, pero todxs le conocen. Joder, es el alcalde y trabajan para él.
/23:38/
Jose Mari deposita su copa de balón sobre la mesilla de la terraza. Se sienta no sin dejar escapar el inevitable quejío de una persona que está hasta los mismísimos y eso que solo es lunes... Vista al frente. Desde la sierra se ve toda la ciudad contaminada de luz. Hasta la casa de mi colega el Rubens.
Con la primera calada de su habano se aceleran los pensamientos. Empieza a mezclar recuerdos del petrolero con las reuniones que había tenido. Siendo sinceros, en los mugrientos pasillos del barco había saludado a más gente que aquella mañana. Es curioso cómo había generado una mayor complicidad con alguien que no conocía de nada gracias a un mísero trozo de pan duro que con su secretario. ¿Fernando?, ¿Pedro? Quizá sea demasiado tarde para preguntarle...
A la copa ya solo le queda un culillo aguao'. Sería menester irse a dormir. Mañana a las 8:12 volvería a entrar por su puerta ese secretario cuyo nombre es incapaz de recordar y no por culpa del alcohol, precisamente. Jose Mari empieza a creer que eso no está hecho para él. Le gustaría imaginar un futuro distinto, pero le asalta la distopía mucho antes que la utopía. Tampoco recuerda en qué momento sucedió ese desasosiego.
La vida de nuestro protagonista ha sido disuelta en la vorágine que Mark Fisher definiría como realismo capitalista. En palabras del británico sería algo así como:
Un miedo al futuro por sobresaturación de presente: un presente huérfano que no se siente ya motivado ni responsable de ninguna descendencia ni herencia.
Esa incapacidad para imaginar (crear) nuevos escenarios ha sido completamente arrebatada por el neoliberalismo salvaje desde la era de Thatcher y Reagan. La derrota cotidiana que ha acompañado a los proyectos emancipadores desde la caída del Muro y del bloque soviético no ha hecho más que enterrar todo tipo de esperanza transformadora. Se empieza comprando el discurso del nada se puede hacer y se termina dando las gracias por la reducción de media hora de la jornada laboral.
Cuando Fisher habla de ese realismo no está planteando una suerte de pesimismo. Todo lo contrario. Su lectura nos muestra que la asimilación de esa (cruda) realidad no es sino el primer paso para acabar con ella. El sistema capitalista hace mucho tiempo que dejó de competir por demostrar su eficacia y productividad. Curiosamente, quienes defienden esa libre competencia para el correcto funcionamiento social, se empeñaron en conseguir el monopolio político. Sin nada con lo que compararse desde 1989/1991, el capitalismo salvaje dio rienda suelta a la privatización no solo económica, sino social.
La división infinitesimal del trabajo nos obliga a individualizar nuestra vida. Con el fin de las grandes fábricas y su posterior deslocalización y atomización de la producción, el movimiento obrero ve fragmentada su razón de ser: las relaciones laborales y su correspondiente camaradería. Lxs obrerxs ya no se reconocen entre iguales como víctimas de unas necesidades comunes. Ahora cada unx trabaja en un puesto específico. Es su propio jefe/a y vigilante.
Ese capitalismo entendido como la religión de lo cotidiano, según Marx, no es un complejo sistema de mercado, números y finanzas. Ese dichoso capitalismo se ha convertido en la piel que habitamos y el aire que respiramos.
Su hegemonía no reside exclusivamente en los medios de producción, que también, sino en la incapacidad de imaginar una alternativa a sus políticas. Hablamos de un sistema que no democratiza los medios de producción, tampoco sus riquezas. Solo hay un bien común que se redistribuye por igual; que nadie quiere, pero todos comparten: la ansiedad. El capitalismo, en una vana intención por demostrar su funcionalidad, precisa de una sociedad sumida en el agobio y la depresión. Trata de cubrir con la ideología coaching del "Si quieres, puedes" la incapacidad estructural de satisfacer las necesidades básicas de quienes sostienen su contradictorio, pero firme, andamiaje.
/8:12/
El secretario, de cuyo nombre no quiero (puedo) acordarme, entra por la puerta del despacho de Jose Mari:
-Buenos días, señor Alcalde. El orden del día es el siguiente: a las 9:30 reunión con la A. V. de Valdeolleros para tratar el tema de la piscina que han solicitado, a las 11:00 con el Consejo de Distrito de Villarrubia por el tema del Centro de Salud y la segregación del municipio, a las 12:30 con...
+¿Cómo te llamas?
-¿Perdón?
+Que cómo te llamas. Llevas trabajando aquí toda la legislatura y no sé ni tu nombre.
-Matías, señor Alcalde.
La revelación que ha sufrido nuestro personaje sería descrita por Aristóteles como una anagnórisis de manual. En otras palabras: reconocimiento. Un reconocimiento que va más allá de lo físico situándose en la identidad. Jose Mari, al hacer una pregunta tan simple como la del nombre del secretario, experimenta una sensación idéntica a la que le arrasó por dentro al ver a su compañero camerunés hambriento. La pregunta, en este caso, desempeña una función similar a la del cuscurro de pan. Representa el puente simbólico que une el extrañamiento del/lo ajeno al reconocimiento de una identidad (humana) común.
Ya sea en una isla perdida sin nadie a su alrededor, en un petrolero en el que no puede comunicarse verbalmente o en la vorágine de un ayuntamiento que preside, Jose Mari, jamás ha estado solo. Aunque hubiese querido huir de su despacho a la sierra, las razones que lo llevan a ese comportamiento responden a estructuras de sociabilidad eminentemente humanas. Cada paso que da y cada espacio que habita es público. Todo lo que rodea al "individuo" (único e irrepetible) está configurado socialmente. Hasta el impulso de querer abandonar su cotidianidad.



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