MARXISMO Y TERNURA
- Paco

- 2 oct 2024
- 6 Min. de lectura
Actualizado: 23 ago 2025

Los cuidados. Los afectos. Lo que somos.
Últimamente ando enfrascado estudiando cómo el cristianismo concibe el Amor (con mayúscula). Es un tema muy serio. No se trata de querer más o menos a otra persona. Estamos hablando, en última instancia, de la relación del/la creyente con Dios hecho carne en el prójimo, en el Otro. Es más, si nos fijamos bien en la concepción cristiana del Juicio Final, observamos que el Amor está por encima de la fe misma. En él no se pregunta si eres creyente o no. Se pregunta si le has dado de comer al hambriento, de beber al sediento y donde dormir al sin techo. En otras palabras: si te has entregado por completo al prójimo.
Me ha llamado la atención la frialdad con la que, en muchas ocasiones, el marxismo ha tratado -cuando lo hace- la cuestión amorosa. Que sí, que todo lo de la conciencia y la solidaridad de clase está fenómeno, pero echo en falta una mihilla de ternura al hablar de seres humanos. Creo que el marxismo del siglo XXI lo necesita. También creo que, en los últimos años, se ha avanzado bastante en este sentido pero, el hecho de que así sea, denota el atraso y necesidad que nos lleva a hablar de ello.
Volviendo con el Amor: ¿cómo podríamos definirlo? Te voy a ser sincero: no tengo ni pvta idea. Si no lo ha conseguido la Historia de la Filosofía en siglos y siglos (amén), no lo voy a conseguir yo un miércoles de madrugada en mi habitación mientras lucho por mantener mis ojos abiertos, la nariz despejada y las anginas sin inflamación. No obstante, estaría bien echarle un vistazo a lo que dijo uno de los cerebros más gordos al respecto: Platón. En este tema, como en otros tantos, es uno de los más citados.
En sus Diálogos, destacan El Banquete y Fedro. Define al amor como una persecución de lo bello y puro. De aquí también se ha sacado la (falsa) concepción del amor platónico que hoy impera en las cuentas de quienes escriben tres palabras sobre un fondo blanco y las suben a las historias de Instagram. No, José Luis, el amor platónico no es aquello inalcanzable, perfecto e inmutable. De hecho, es todo lo contrario. Para Platón, el verdadero amor reside en la entrega absoluta y desinteresada por la otra persona hasta el punto en el que el objeto, el cuerpo, queda relegado a un segundo plano. De manera que el sentimiento que experimentamos es del mayor calibre posible. Puro en su esencia. El filósofo griego llega a decir que "todo deseo de las cosas buenas y de ser feliz es amor" (El banquete).
Si hablamos de Platón, tenemos que hablar de Aristóteles. Donde va uno, va el otro. El de Estagira aporta una concepción que a mí, personalmente, me encanta. Concibe al amor como una philia (amor fraternal) frente al eros (deseo carnal/sexual) que impregnaba buena parte de los relatos platónicos. Esta philia lleva al filósofo a situar al amor en las relaciones de amistad. Donde el interés partidista no tiene cabida y el deseo del bien ajeno, recíprocamente establecido, cimientan el afecto entre las personas. Vamos, lo que viene a ser que te alegras por todo lo bueno que le pasa a tus colegas y viceversa.
Agárrate que vamos a pegar un salto desde Grecia hasta España con una pechá de siglos entre medias para hablar de la propuesta de Javier Sábada. ¿Qué nos tiene que decir este señor? Básicamente que, por mucha tinta erudita que corra intentando acercarnos a una definición consensuada sobre el amor (spoiler: no ha pasado ni pasará), no dejamos de ser humanos; sin más. Seres de carne y hueso y, por tanto, vulnerables. El amor también se manifiesta en los momentos que sacamos a relucir nuestros miedos e inseguridades con la gente que queremos. Las conversaciones incómodas son un claro ejemplo. La imperiosa necesidad de hablar las cosas cuando algo no va bien pone de manifiesto nuestro amor por la otra persona. Nos importa tanto el vínculo que hemos creado con ella que somos capaces, primeramente, de reconocer que la situación no es la deseada y, sobre todo, de señalar nuestros errores. Eso sí, para llegar hasta ese punto unx debe estar dispuestx a mostrar todo su abismo interior.
Llegados a este punto, cabría preguntarse lo siguiente: ¿se ama por igual en una u otra parte del mundo?, ¿ama de la misma manera el rico que el pobre, el campesino medieval que el proletario industrial del s. XIX?, ¿siente lo mismo una ciudadana romana que el universitario que está coladito por la muchacha que se sienta dos filas más adelante pero es incapaz de mediar palabra por miedo e inseguridad? Evidentemente no. Las condiciones materiales, una vez más, juegan un papel fundamental. La Gata ya nos dijo que "no aman de igual forma los ricos y los pobres":
Los pobres aman con las manos.
Los pobres aman en la carne y con gula,
en las peores estampas,
en condiciones famélicas y con todo en su contra.
Los pobres aman sin bonitos decorados.
Entienden de lunes y de tedios domingueros
y de gastos imprevistos
de facturas y de angustias
que embisten mes a mes
a quemarropa.
El amor de los pobres no sale por la ventana
aunque el dinero entre por la puerta,
(que nunca entra),
(aunque no haya ventanas).
Los pobres han aprendido
a amarse a oscuras por eso mismo.
Han aprendido a amarse malalimentados
malvestidos, malqueridos,
porque el hambre agudiza el ingenio
y en sus jardines también crecen las flores
(aunque no haya jardines).
Leyendo a la Gata me hierve la sangre cuando oigo hablar del amor líquido. Maldigo la fragilidad de sus lazos, la inconsistencia de sus afectos y la nula longevidad de su compromiso. El amor del siglo XXI se ha convertido en un amor a la carrera. Donde imperan las lógicas capitalistas que calan hasta lo más profundo de nuestros huesos. Nos hacen creer que la mercantilización de los sentimientos es una opción más de la "libertad de elección" de Occidente. Ya no hace falta entablar relaciones duraderas, ¿para qué? Ahora todo eso está a un click de distancia. La deriva capitalista nos quiere convencer de que conceptos tan nocivos como "rentabilidad" o "productividad" son aplicables al sentimiento más puro que el ser humano ha conocido. Me niego. Como diría Manuel Cruz: "una vida sin amor es menos vida". Prefiero quedarme con la concepción del amor presentado de Judith Butler. Un sentimiento de semejante calibre no puede permanecer en silencio ni darse por hecho; tiene que ser demostrado sin medias tintas a la otra persona.
He llegado hasta aquí sin mencionar ni una sola vez a Gramsci, siendo como soy, titulándose la entrada como se titula y llamándose la página como se llama. Desde luego que tiene su mérito. No obstante... Hasta aquí he llegado. No puedo pasar por alto a uno de los mejores ejemplos de marxismo y ternura. Sus cartas desde la prisión denotan una sensibilidad arrolladora. Si tenemos en cuenta las condiciones inhumanas a las que estaba sometido en la prisión fascista (sumado a su deplorable estado de salud) que le terminaría costando la vida pocos años después, hace que esta labor sea más admirable, si cabe. La ternura con la que se dirige a su familia en cada una de las cartas iba unida a minuciosos análisis y reseñas apasionadas de las lecturas que realizaba. Podría estar aquí horas hablando sobre el amor enjaulado de Gramsci, pero siempre terminaría retornando a la más sentida de sus cartas dirigida a su querida Yulca Schucht (Julia). El sentimiento que le embauca por ella le llega a plantearse lo siguiente: "Mi vida ha sido siempre una llanura fría, una ramita seca. ¿Cómo pude decirle que la quiero?". Poco después, cuando se ven obligados a separarse por primera vez, Gramsci le escribe desde Viena (1924):
Eres una parte de mí mismo y siento que no puedo estar lejos de mí mismo. Estoy como colgado en el aire, como alejado de la realidad. Pienso siempre, con una nostalgia infinita, en el tiempo que pasamos juntos, con tanta intimidad, con una expansión tan dulce de nosotros mismos...
Pues eso: amen (sin tilde, esta vez).
-Paco-



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