DEL POTLATCH KWAKIUTL AL FLIPADO DE LLADOS
- Paco

- 13 nov 2024
- 4 Min. de lectura

¿Qué tendrá que ver una tribu del noroeste americano con uno de los mayores bufones mediáticos de la actualidad?
Consumo, ostentación y estatus son solo tres de las múltiples respuestas posibles. Decía Marvin Harris que el ser humano estaba "hambriento de aprobación social"... Y qué razón tenía.
Empecemos desgranando qué es eso del potlatch. Vaya nombrajo raro, ¿no? ¿Qué es eso? Pues, ni más, ni menos, que uno de los mayores paradigmas de la Antropología. Sobre este ritual amerindio han corrido ríos de tinta. Muchas han sido sus interpretaciones, pero lo que aquí nos ocupa es la gestión de la riqueza que los kwakiutl realizaban.
De manera muy sucinta, diré que esta ceremonia reunía no solo a la comunidad que el jefe convocante lideraba, sino a todas y cada una de las tribus vecinas. Es más, estaban obligadas a ir. En estos festines se quemaban prendas, ajuar, comida, tierras... Incluso la del propio jefe. Todo ello con el fin de glorificar su imagen frente a los jefes vecinos. Cuanto mayor era la ostentación, mayor era la imagen social que se proyectaba sobre los allí presentes. Se comía hasta no poder más, tener que vomitar y seguir comiendo. El jefe anfitrión tenía la única preocupación de superar los potlatch anteriores y evitar que las ofrendas de los huéspedes dejasen en evidencia su riqueza. Algunos autores/as, como Ruth Benedict, llegaron a hablar de principios de "megalomanía" en estos individuos. No obstante, se ha terminado interpretando que estos rituales consistían una estrategia de redistribución de la riqueza. Estas ceremonias conllevan una inherente acumulación y distribución. Si entendemos las aldeas kwakiutl como una sola unidad, apreciamos un continuo flujo bidireccional de dicha riqueza a través de las ofrendas en los diferentes potlatch. Harris lo define de la siguiente manera:
Es un festín competitivo, un mecanismo casi universal para asegurar la producción y distribución de riqueza entre pueblos que todavía no han desarrollado plenamente una clase dirigente (Vacas, cerdos, guerras y brujas, 2012: 132).
En definitiva, y terminando ya con la turboturra antropológica, este tipo de festines posibilita el mantenimiento y cohesión social a través de una continua productividad. Propicia a su vez la acumulación de riquezas necesarias para el sustento del grupo en épocas de crisis (climáticas, sobre todo). Se podría decir que, gracias al impulso productivo para su preparación, se aseguraban estas transferencias entre aldeas más y menos necesitadas. El pobre, si quería comer, tan solo tenía que aceptar la superioridad (jerarquía, estatus social) del jefe anfitrión.
Estupendo, pero, ¿qué caraho tiene que ver eso con el flipado de Llados? Pues más de lo que me podría imaginar. Harris cita a Veblen (sociólogo y economista estadounidense) para analizar la economía kwakiutl. En ese afán por la opulencia y apariencia social, Veblen nos habla de un "consumo conspicuo"; aquel despilfarro desmedido cuyo único fin es la promoción. Ascender en la jerarquía social ante la aprobación y admiración del ajeno. Es aquí donde situaría al personaje en cuestión. Más aún si tenemos en cuenta la exposición mediática con la que cuenta a través de las redes sociales. Se trata de un personaje que vive por y para la acumulación (una pena que no terminase haciendo un potlatch con todas sus riquezas como los kwakiutl).
Como si de un chamán se tratase, hace gala ante sus seguidores de su vida repleta de excesos. A mayor consumo y despilfarro, mayor es la admiración de su grupo. En este lamentable ejemplo también podríamos añadir lo siguiente: a mayor número de burpees, mayor es el éxito. Ridículo, ¿verdad? Afortunadamente, para nosotros, sí. No obstante, nuestro chamán del siglo XXI, conoce a la perfección la desesperación de cierto sector de la juventud por querer llevar una vida (tan vacía) como la suya. Es aquí donde entra en juego toda esa retahíla de cursos y retiros (muy masculinos todos) que se encargan de sustraer hasta el último céntimo de su rebaño.
Llados se erige como un visionario ante los ojos perplejos de sus admiradores. Como si de un chamán de la tribu yamomami se tratase, se presenta como el único sabedor de la realidad, del porvenir y dice estar preparado para lo que venga. Sus fieles, lejos de cometer la osadía y blasfemia de compararse con el macho alfa, asumen su carácter cuasidivino y siguen a rajatabla su dogma de fe. Porque eso, precisamente, es la clave de todo: la fe. El chamán de las finanzas le promete un futuro lleno de riquezas y libertad como si de Yahweh y el Rey David se tratase. Uno prometía un reino de paz y prosperidad; el otro, una cuenta con muchos ceros al grito de ¡Fuck mileurista!. Solo tienen que tener fe en su Palabra... Y pagar (religiosamente) la pasta del cursito de los cojone' para que te grite ¡Inútil! por videollamada.
Como vemos, la figura del gurú no es algo exclusivo de Wall Street ni Twitch. Ha estado y está presente en el ser humano en multitud de contextos culturales. Me apetecía escribir esta entrada desde hace tiempo, pero no sabía muy bien cómo casar una cosa con la otra. Necesitaba conocer bien la compleja realidad del potlatch; tan apasionante como inabarcable. La figura del farandulero de Llados vino sola. No es más que la excusa para redondear el texto y que no fuese exclusivamente una chapa antropológica...
Ps eso. Vemo'.
-Paco-



Comentarios